Proposiciones

Talento y buen corazón

8 feb. 2024
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«Jamás, ni remotamente», así respondió Tin Cremata cuando le preguntamos si alguna vez imaginó que La Colmenita se convertiría en lo que es hoy. «Éramos un grupo de teatro que decidimos trabajar para y con niños, eso nos pareció interesante, hasta que se convirtió en algo maravilloso».

La conversación transcurrió en la sede central de la Compañía Infantil, la misma casa que habitan desde 1997. Aunque ha sido sin proponérselo, cada vez que la visitamos Tin nos recibe en un lugar distinto, y de cada espacio nos cuenta su historia. Esta vez nos reunimos en el Salón Azul, donde los niños guardan sus pertenencias; está acondicionado para que puedan estudiar.

Llegamos con la idea de dialogar sobre el libro La Colmenita ¡Mi vida!, que el próximo 10 de febrero presentará la editorial Ocean Sur. Pero el pretexto nos llevó a hablar de arte, pedagogía y —tal vez para sorpresa de quienes no lo conozcan— José Martí.

Confesó su fascinación con el fragmento final de Meñique: «Tener talento es tener buen corazón; el que tiene buen corazón, ese es el que tiene talento». Tanto así que la frase forma parte de una de las canciones que ha popularizado La Colmenita, una compañía teatral que más que infantes talentosos se ha propuesto formar hombres y mujeres de bien.

La mística niñez que Iraida Malberti y Carlos Cremata se inventaron para sus hijos, la pasión del pequeño Carlos Alberto por dirigir breves sketch primero en la escuela y luego —ya adolescente— con sus compañeros de Los Camilitos, los estudios teatrales que cursó en la Unión Soviética, su posterior matrícula en la especialidad de Dirección Teatral del Instituto Superior de Arte (ISA) de Cuba y aquel espectáculo acuático que llevó por título Sinfonía para una Perla en Mar Mayor, en la base náutica de la Casa Central de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), conformaron una secuencia de hechos importantes que antecedieron al 14 de febrero de 1990.

Habían transcurrido unos meses del espectáculo acuático cuando, siendo aún estudiante de tercer año en el ISA y precisamente con algunos de los que más se destacaron en aquella función, Carlos Alberto funda una agrupación teatral que primero se llamó La Colmena, y cuatro años después, en 1994, sería rebautizada como La Colmenita.

La comedia cubana Dios te salve comisario, de Enrique Núñez Rodríguez; Aura, adaptación sobre la novela de Carlos Fuentes; Bululú y medio, del español Ignacio García May; y Los Balcones de Madrid, de Tirso de Molina fueron las primeras obras teatrales que llevaron a escena.

Por aquel entonces Tin Cremata también escribía los guiones de la serie televisiva Cuando yo sea grande, que dirigía Iraida Malberti. Durante una noche de edición nació la idea de hacer representaciones teatrales con los niños de la serie; ellos se convirtieron en los primeros que formaron parte de La Colmenita. El 2 de abril de 1994 ante más de 5 000 personas, en el teatro Karl Marx, se estrenó Meñique —adaptación de José Martí de la obra del escritor francés Édouard de Laboulaye—; la primera función de la Compañía representada solo por niños.

«Siempre tuve claro que quería hacer un grupo de teatro. Esa era mi vocación, lo que había estudiado. Los primeros integrantes de La Colmena eran muchachos de escuelas de deporte de alto rendimiento, nadadores, gimnastas. Ellos tal vez habían entrado al Carlos Marx a ver un espectáculo de Virulo, pero ninguno había visto una obra de teatro. Yo había estudiado la especialidad de dirección en el ISA, y había recibido mucha influencia de [Jerzy] Grotowski y [Eugenio] de Barba, que le daban una importancia al gesto y al cuerpo superior a la palabra. Eran muchachos físicamente muy fuertes y me ofrecieron lo que más necesitaba en esos momentos: la fortaleza física para soportar entrenamientos teatrales fuertes; y yo los enamoré con el teatro de Lorca, de Brecht, de Stanislavski. Vi nacer en ellos el mismo amor que yo sentía».

A partir de 1995 la Compañía estrenó El gato con botas, La niña de las nieves, Ricitos de oro y los tres ositos, y La Cucarachita Martina, una obra extraordinariamente popular que vio la luz en 1996. El Festival Nacional de la Canción Infantil «Cantándole al Sol», la clausura del Segundo Congreso de los Pioneros, y la apertura oficial del Congreso de educadores, Pedagogía 97, también fueron eventos protagonizados por La Colmenita.

Precisamente el vínculo con la Organización de Pioneros José Martí (OPJM) puso fin a una ruta itinerante. Después de radicar en la Casa Central de las FAR, en un salón del círculo social José Antonio Echeverría, en el espacio que hoy ocupa el Centro Iberoamericano de la Décima, en A y 27, en El Vedado, gracias a una gestión de la entonces presidenta de la organización, Enith Alerm Prieto, La Colmenita estableció su sede en la calle 13, entre F y G, y la ludoteca que allí radicaba se mudó para Ciudad Libertad. Ya con una sede fija, había otro asunto importante que saldar: con ocho años de creada la Compañía, las 22 personas que la integraban no cobraban salario.

«Es poco probable encontrar en el mundo un grupo de teatro que tenga el sufragio del Estado, es muy difícil, son pocos. La mayoría de los actores y actrices son personas que tienen otros trabajos para sobrevivir. Y en esa época así lo asumíamos nosotros, aunque era bien difícil porque transitábamos por el Periodo Especial. Un día trataron de ubicarnos como un proyecto del Ministerio de Cultura, pero éramos 22 y solo podían pagarnos el salario de 4 personas. Estuvimos así dos meses, cobrando cuatro salarios y repartiéndolo entre 22».

Es en 1998 cuando, tras el reestreno de La Cucarachita Martina con los alumnos de la escuela especial para niños con limitaciones físico-motoras «Solidaridad con Panamá», reciben la visita de Carlos Lage, Abel Prieto y Esteban Lazo, en representación del Consejo de Ministros, la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba y la dirección provincial del Partido, quienes por indicación del Comandante Fidel querían saber cómo podían apoyarlos en su trabajo.

«Después de recorrer la sede y que les cuento todo lo que hacíamos, lo primero que nos proponen es subirnos un poco el salario. Y ahí les explico que no ganábamos un centavo. ¿Y cómo sobreviven?, nos preguntaron. A mí me ayuda mi mamá, les dije, y otros hacen malabares, pero lo que no podemos es renunciar a este ratico que nos da ganas de vivir, o a este lugar que es donde hacemos lo que nos gusta».

Tin nos explicó que precisamente de aquella reunión sale la propuesta de crear una plantilla, en otras palabras, de institucionalizar La Colmenita.

«En esa reunión se dijo una cosa que a mí me impresionó mucho: “esto es una institución atípica y necesita un amparo atípico de la dirección de la Revolución”. Aquella comprensión era notablemente revolucionaria. La propuesta de una organización salarial nos descolocó un poquito, pero indudablemente fue una ayuda elemental para vivir. No obstante, no queríamos que se pareciera a un centro laboral: tendríamos Consejo de Dirección, pero se llamaría Los sabios y venerables ancianos de la tribu, y lo integrarían personas que todos sabíamos que habían sido clave cada mes. Fuimos acostumbrando a la gente a decir las cosas que querían y de la manera en que ellos quisieran; todo para que La Colmenita funcionara mejor. A partir de ahí nos subordinamos al Ministerio de Cultura, como un proyecto artístico oficial del Consejo Nacional de las Artes Escénicas pero, al tener el apoyo tan evidente de Fidel y de Raúl, siempre ha existido un respeto muy grande al trabajo que hacemos. Hemos sido hijos de la dirección de la Revolución, y eso ha sido no solo para apoyarnos, sino también para protegernos de tentaciones, de posibles desvíos. En más de una vez nos recordaron que no se contraen deudas de gratitud con vecinos poderosos».

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La Colmenita se ha presentado en países como Alemania, Argentina, Bangladesh, Bélgica, Bulgaria, Canadá, Colombia, Dinamarca, Ecuador, El Salvador, España, Estados Unidos, Francia, Haití, Japón, Kuwait, México, Nicaragua, Panamá, Portugal, República Dominicana, Rumanía, Rusia, Turquía, Uruguay, Venezuela y Vietnam. Además, en siete de estas naciones, se han fundado Colmenitas.

De estos periplos y alianzas internacionales, ¿cuáles son los momentos que más atesoras?

Todos fueron muy importantes: la coproducción con el grupo teatral norteamericano Bread & Puppet Theatre, liderados por Peter Schumann; los talleres de clowns terapéuticos y montajes conjuntos con Hunter Doherty «Patch» Adams; el trabajo que hicimos con el grupo de teatro belga Les Mordus du Theatre; la sexta y séptima edición del Festival Mundial de Teatro para Niños en Japón y Alemania respectivamente; el Festival Internacional de Spa, Bélgica, las funciones de conjunto con el Deep Mountain Theater Group, de Vermont, Estados Unidos, el People´s Litltle Theater de Bangladesh y el Odin Theater de Dinamarca.

En 2003 visitamos por primera vez Estados Unidos con una gira artística por todo el Estado de California. En 2005 hicimos una gira por Dinamarca y representamos a Cuba en el Festival Internacional Hans Christian Andersen; también nos presentamos en el exclusivo Centre des Arts, en París, y en 25 ciudades de España. En 2006 clausuramos el Primer Festival Internacional Latinoamericano y Caribeño de la Organización Mundial de Teatro AITA IATA y en octubre de 2007 La Colmenita recibió la condición de Embajadora de Buena Voluntad del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).

¿Cuánto han tenido que reinventarse en estos 34 años?

Cuando La Colmena empezó a hacer cosas valiosas, se nos incorporaron personas muy queridas y talentosas del mundo del teatro: Amarilys Núñez, Mijail Mulkay, Arielito Bouza. Trabajaron un tiempo con nosotros, pero realmente era un crimen que descuidaran sus carreras para ser monitores de estos niños. Era como pedirles que dejaran de ser artistas para convertirse en maestros. Los que se quedaron lo hicieron porque nos dimos cuenta que nos gustaba trabajar juntos, pasar tiempos juntos, hasta que nos convertimos en amigos, en familia.

Obviamente ustedes han cambiado, y han sido distintas también las generaciones de niñas y niños colmeneros. ¿Han modificado también la manera de enseñar?

Los fundadores de La Colmenita no fueron mis compañeros de aula del ISA, tal vez por eso no tenían lo que pudiéramos llamar ambiciones teatrales. Trabajando con ellos me di cuenta de aquello que decía Lorca: el teatro es para la gente, pero para la gente de verdad. No para los intelectuales o los sabichosos.

Al principio quería que los niños aprendieran cosas de teatro. Después me di cuenta que los niños no son, ni pueden ser jamás, artistas profesionales. Ellos son escolares. Quizás los que matriculan en escuelas de arte sí van a estudiar una carrera para ser actores, para ser actrices, pero en La Colmenita tenían que variar las cosas. Posiblemente en el séptimo, octavo o noveno año me percaté que había que escuchar más lo que querían hacer los niños en aquel juego teatral. Al principio éramos los adultos dictando qué queríamos que hicieran los niños. Hasta que descubrí que lo que tenía más valía era que ellos fuesen los que propusieran.

¿Sientes que La Colmenita te ha alejado del teatro cubano?

Creo que nunca estuve. Cuando regresé de la Unión Soviética, quería ser un gran director teatral, mi objetivo era ser Stanislavski. Era eso o nada. Pero me fui dando cuenta de que las buenas experiencias teatrales cubanas eran tan grandes que nunca iba a llegar a eso. El Público, Argos teatro, Teatro de la Luna, Teatro de las Estaciones, lo hacen tan, pero tan bien.

Y con los niños descubrí sus cualidades extraordinarias. Cuando uno dirige actores a veces se crean contradicciones en los ensayos. Y después uno sale por la puerta a convivir con su compañero actor, y descubre que quedan reminiscencias. Con el niño eso no pasa jamás. El niño es el ser humano que mejor entiende que lo pasa allí es parte del juego del teatro, y que en cuanto cruzamos la puerta todo queda atrás.

Hoy sé que nací un poquito para eso, para trabajar con ellos. Y me siento mucho mejor entre los niños que entre los adultos.

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Cremata nos habla de la vez que sugirió poner en los barcos de la flota cubana de pesca la frase martiana «La dificultad es grande, y los que han de vencerla, también». No puede dejar de emocionarse cuando nos repite de memoria el fragmento de una carta del Apóstol a su entrañable amigo Fermín Valdés Domínguez: «Aprieta un poco la garganta, pero da luz por dentro… Atúrdete haciendo el bien, que es ya, para nosotros, el único modo de vivir». Luego nos narra con detalle la llamada telefónica que le hizo Carlos Tabares, horas después de decidir un juego y confesarle que justo al minuto de batear se había acordado de Tin y de esa frase martiana: «Antes de lo que conviene hacer, está siempre lo que se debe hacer».

Martiano de vocación e inspiración, Tin ha llevado a La Colmenita, a sus amigos, a los trabajadores de una empresa, a los peloteros del equipo Industriales, ese hábito de —como él le llama— bucear en Martí.

Todo empezó en 2014, cuando conoció a cuatro jóvenes del Centro Memorial Martin Luther King. «Yo siempre estoy procurando maestros para La Colmenita, Adalberto, Formell. Vi a esos muchachos, martianos reales, no solo de libros, y les pedí que hicieran un taller que se llamara “Crecer con Martí”, como un “entrenamiento en valores”. ¿Qué es la sinceridad? No solo pongamos ejemplos, sino inventemos ejercicios que les permitan entrenarse como niños y niñas sinceros, que es el primero de los enunciados de sus versos sencillos».

Y así Tin, los niños y las niñas de La Colmenita, sus familiares empezaron a sumergirse, primero, en los versos sencillos. 

«Después empezamos a descubrir que Martí es el mejor del mundo para enamorar. Él tiene unos versitos iniciales, de cuando estaba en Zaragoza, que para enamorar son lo más grande de la vida. Así los niños le fueron cogiendo el gustico y después empezaron a conocer la vida de Martí».

Cremata tiene la teoría de que, para sumergirse en la vida y obra de José Julián, no se le puede estudiar como un héroe, sino conocerlo como uno conoce a su propio abuelo.

«Los cubanos somos privilegiados: tuvimos a Martí, eso no lo tuvo casi nadie. Si Martí es tu abuelo, tú conoces el nombre de sus hermanas, quién lo sacó de las canteras de San Lázaro, quién fue el amigo que allá en España le costeó la operación que le salvó la vida». Hace una pausa, y enfatiza: «Hay que leerse Martí a flor de labios».

Tin supo de aquel libro, escrito por Froilán Escobar González, cuando después de una función de Meñique en Guaro, Holguín, se le acercó un viejito llorando, emocionado, y después de agradecerle por la alegría que habían llevado a la gente de aquel lugar distante, le regaló un ejemplar. «El tesoro más grande que tengo», así le dijo.

En el viaje de regreso a la capital Tin dudó si empezaba a leerse «otro libro sobre Martí». Cuando vio que el prólogo había sido escrito por Cintio Vitier, y que el consagrado martiano afirmaba que si alguien pudiera prologar aquellas líneas sería únicamente José Martí, no pudo dejar de leer los testimonios de los niñitos que el autor conoció en 1973, ya nonagenarios, y que todavía vivían en los mismos lugares intricados en los que, a finales del siglo XIX, habían conocido al hombre que fue capaz de unir a pinos viejos y nuevos en pos de la independencia.

«Ellos hablaban en un lenguaje guajiro-guajiro, ese que no se ha contaminado, en el que en vez de decirte: soy analfabeto, te dicen, yo nunca estrené escuela. Mira qué belleza, qué poesía natural». Busca en su carpeta unas hojas mecanografiadas —son fragmentos del libro— y olvidando tal vez que está en medio de una entrevista, empieza a leer como si estuviera en un taller con los niños.

Nunca yo vi tanto ofrecimiento de recibir a alguien que viniera. Dondequiera alargaban la mano con un cucurucho de coco, un poco de miel o un chopo de malanga. La gente había oído hablar de Gómez, pero de Martí no. A Martí nadie lo conocía. Él era de todos el más extraño, porque hasta hablaba distinto de voz. Pero él cundió en la gente. Fue un desborde. Nadie lo conocía, y tan pronto llegaba ya le estaban adelantando taburete para que se sentara, como si fuera de la familia. Y le decían Presidente. Yo quisiera que tú vieras aquello. Cuantimás contemplábamos que él estaba aquí, más nos daba orgullo de sentirnos cubanos.

Después de la lectura, se impone una pregunta: ¿en qué obra de La Colmenita es más palpable Martí? La respuesta de Tin sorprende por lo rápida: «la que hicimos cuando el cumpleaños 90 de Fidel».

«Era sí, un homenaje a Fidel, pero a través de Martí. Se hicieron cosas muy hermosas, como un fragmento de Abdala. Era un ¡Gracias Martí!, pero la obra te llevaba a que toda esa savia martiana desembocaba en Fidel. Desde mayo, cuando nos lo dijeron, hasta agosto, en vez de ensayar lo que íbamos a hacer nos pusimos a ver películas, a escuchar canciones; los convencí de que más que saberse los textos, había que llegar a ese 13 de agosto más cerca de la cultura humanista de Fidel. Vimos Amadeus, Nuevo Cinema Paradiso, Ladrones de bicicletas, La vida es bella, La lista de Schindler, Martí, el ojo del canario, El club de los poetas muertos, El pianista, Clandestinos..., filmes que por su condición humanista y alto nivel estético nos acercaban a Fidel. Lo estudiamos, pero dentro de su dimensión cultural, y eso también fue muy martiano. Todo ese proceso no se vio físicamente en el espectáculo, pero estaba allí, flotando».

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Además de un repertorio inagotable y para nada finito, han generado tres películas, un documental, varios discos musicales, tres temporadas del programa de televisión La Colmena TV, ¿cuáles son las próximas metas de La Colmenita?

Tenemos la aspiración —que llegué a contarle incluso al mismísimo Raúl Castro— de fundar una Colmenita en Haití, son nuestros vecinos más cercanos y los que más lo necesitan. También queremos crear una Colmenita en Turquía.

También anhelamos tener nuestra propia escuela. La Colmenita ha dejado de ser un proyecto artístico para convertirse en un proyecto pedagógico. Ahora mismo visualizamos esa posibilidad: tener un centro propio, con una metodología propia donde no solo se enseñe lo artístico, lo curricular, sino también lo cultural, los valores, una docencia integral y siempre desde Martí.

Una última pregunta a propósito del título del libro: ¿qué tiene Tin de La Colmenita y qué tiene La Colmenita de la vida de Tin Cremata?

Voy a empezar al revés. La Colmenita tiene mi infancia, se los juro. Mi infancia fue una Colmenita en la que mi papá era el director. Yo siempre hice lo mismo desde chiquitico: dirigía a mis amiguitos que querían actuar. Me pasé toda la escuela montando obras, pantomimas, y lo aprendí en mi casa, con mi mamá y mi papá. Después en Los Camilitos empezamos a montar obras que alcanzaban premios en los festivales. Era mi vocación. Mi papá, mi mamá, mi tío Luis Alberto Ramírez, que vivió en mi casa en Santos Suárez, interpretaba el personaje de Erik el Rojo, en la serie Los vikingos, llevaba las espadas para mi casa ¡y yo me batía con mis amiguitos del barrio usando la espada vikinga de Erik el Rojo! Por eso, les repito, lo que tiene La Colmenita es mi infancia.

Y La Colmenita ha sido mi vida. Cuando siento que voy perdiendo virtudes, este es el espacio que me las recuerda. Hay acciones que solamente producen los niños o los padres bajo el influjo de los niños. La Colmenita es corregirme, es enrumbarme. ¡Es tanta la vocación diaria! La Colmenita es felicidad multiplicada, y es el sentido de mi vida.

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