Proposiciones

Fidel sobre Allende (primera parte)

7 sept. 2023
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Hace apenas diez meses, el 13 de diciembre de 1972, en esta misma Plaza nuestro pueblo tuvo el último encuentro con el presidente Allende. Cientos de miles de cubanos se reunieron con él en esta Plaza para escuchar sus magníficas palabras y para expresar nuestra confianza, nuestras simpatías y nuestro apoyo al presidente Allende y al proceso revolucionario de Chile; para expresar nuestra decisión de apoyarlo en la medida de nuestras fuerzas, demostrada en aquella ocasión con un gesto que nosotros sabemos que caló profundamente en el corazón del presidente Allende, que fue aquella decisión de quitarnos un poco de nuestro propio alimento para enviárselo al pueblo chileno.

Recordamos cuán feliz se sentía el Presidente en aquellos breves días en que nos visitó, porque se sentía entre amigos, se sentía entre verdaderos hermanos, se sentía en familia.

Profunda impresión le causó aquel recibimiento multitudinario, a pesar de la hora, a pesar de que el pueblo se había movilizado para recibirlo por la mañana, cambió la hora de llegada, y aun de noche las calles de nuestra ciudad se llenaron del entusiasmo de nuestros hombres y mujeres para recibirlo, para saludarlo y para vitorearlo.

Podríamos decir que en los tres años de intenso esfuerzo, de gran tensión, en el Gobierno, aquellos tres o cuatro días fueron para él como un sedativo.

Y todos recordamos cómo en aquella visita, en su carácter de Presidente de la República de Chile, no olvidó a nadie, no dejó de visitar a ningún amigo. Hombre profundamente humano, encontró tiempo para recorrer todos aquellos lugares donde había estado, donde había residido en sus numerosas visitas a nuestra patria cuando todavía no era Presidente de Chile. Y a todos los compañeros que lo atendieron alguna vez fue a verlos, a darles las gracias y a expresarles su reconocimiento.

Esa es la imagen que nosotros recordamos de aquel hombre humano, de aquel hombre decente, de aquel hombre honrado, de aquel hombre firme, de aquel amigo leal que fue el presidente Salvador Allende.

Y en esta misma Plaza nos dio la convicción de que él sabría comportarse revolucionariamente en las horas críticas, y en esta misma Plaza nos dijo que a la violencia contrarrevolucionaria, el pueblo chileno respondería con la violencia revolucionaria!

La figura del presidente Allende y el proceso revolucionario chileno despertaron profundas simpatías e interés en todo el mundo.

En Chile se desarrollaba por primera vez en la historia una experiencia nueva: el intento de llevar a cabo la revolución por las vías pacíficas, por los caminos legales. Y en ese esfuerzo encontró la comprensión y el apoyo de todo el mundo, no solo del movimiento comunista internacional, sino de muy diferentes tendencias políticas. Digamos que encontró el reconocimiento incluso de aquellos que no eran marxista-leninistas.

Y nuestro Partido, nuestro pueblo —a pesar de que nosotros habíamos hecho la revolución por caminos diferentes—, y todos los pueblos revolucionarios del mundo le dieron el apoyo, nosotros no vacilamos en un solo instante, porque comprendíamos que en Chile se daba la posibilidad de obtener un triunfo electoral, a pesar de todos los recursos del imperialismo y de las clases dominantes, a pesar de todas las circunstancias adversas. Y no vacilamos en el año 1970 en exponer públicamente nuestra comprensión y nuestro apoyo al esfuerzo que la izquierda chilena realizaba para triunfar en las elecciones de aquel año.

Y se produjo efectivamente una victoria electoral. La izquierda, la Unidad Popular, con su programa social y político, obtuvo un triunfo en las urnas.

Claro que aquello no significaba el triunfo de una revolución; significaba el acceso a importantísimas posiciones de poder por las vías legales y pacíficas.

No era, sin embargo, una tarea fácil la que tenía delante el presidente Allende. Desde el primer instante se iniciaron las conspiraciones. Se trató de evitar su ascenso a la presidencia después de las elecciones. El imperialismo y sus agencias —la CIA y las compañías multinacionales— conspiraron para evitar que Salvador Allende fuera Presidente de la República. Incluso asesinaron al Jefe del Ejército de Chile para impedirlo.

El propio presidente Frei, hombre soberbio y profundamente reaccionario, no se resignaba a que Salvador Allende ocupara la Presidencia de la República, como lo había determinado el voto popular. Pero a pesar de todas esas conspiraciones, a pesar de los esfuerzos del imperialismo, Salvador Allende, en nombre de la Unidad Popular, tomó posesión de la Presidencia de la República.

Pero, ¿con qué problemas se encontró? Se encontró, en primer lugar, con que el aparato estatal burgués estaba intacto; se encontró con unas fuerzas armadas que se llamaban apolíticas, institucionales, es decir, aparentemente neutras en el proceso revolucionario; se encontró con aquel Parlamento burgués, donde una mayoría de sus miembros respondía a las clases dominantes; se encontró con un sistema judicial que respondía por entero a los reaccionarios. Y dentro de aquellas circunstancias se veía obligado a realizar sus tareas de gobierno. Pero se encontró también con que la economía del país estaba totalmente en quiebra, con que el Estado chileno debía 4 000 millones de dólares.

Esas enormes deudas eran consecuencia de la política imperialista, eran consecuencia de los manejos de Estados Unidos, tratando de crear una vitrina con el gobierno de la Democracia Cristiana para enfrentar y frenar el avance del movimiento social.

Le concedieron a Chile enormes créditos cuando Frei era presidente. Pero no créditos para desarrollar el país, sino créditos para gastos suntuarios: para comprar automóviles, para comprar televisores, refrigeradores, y todo tipo de artículos suntuarios, que dieran una imagen de progreso y de bienestar durante el gobierno de la Democracia Cristiana.

El presidente Allende se encontró con un país terriblemente endeudado; un país donde el imperialismo había introducido sus costumbres, sus hábitos de consumo; un país donde los medios de divulgación masivos —la prensa, la televisión y la radio— estaban en manos de la oligarquía y de la reacción. Y además, coincidiendo con un instante en que el precio del cobre bajaba de 75 centavos a 48 centavos la libra.

Pero como además había urgentísimas necesidades populares que atender, puesto que existía un enorme desempleo, y era necesario buscar solución al problema de los desempleados, y era necesario atender las necesidades más urgentes del pueblo, las demandas más sentidas de la población, el Gobierno de la Unidad Popular se encontró con enormes obstáculos económicos en su camino.

Cuando comenzaron a aplicar la reforma agraria, los latifundistas y los burgueses agrarios se dieron de inmediato a la tarea de sabotear la producción agrícola. Los burgueses, propietarios de los centros de distribución, propietarios de los almacenes, y propietarios de las tiendas, se dieron a la tarea de acaparar las mercancías y sabotear al Gobierno de la Unidad Popular.

El imperialismo, tan pronto se aprobó la nacionalización de las empresas de cobre —empresas que eran propiedades yankis: empresas que habían extraído miles y miles de millones del trabajo y del sudor del pueblo chileno— inmediatamente congeló todos los créditos de todos los organismos internacionales al Gobierno chileno, y se dio a la tarea de asfixiar la economía de Chile.

Esas fueron las enormes dificultades que el presidente Allende se encontró al llegar al poder.

Los partidos políticos burgueses, esencialmente el Partido Nacional y el Partido Demócrata Cristiano, orientado por una dirigencia reaccionaria, se dieron a la tarea, en complicidad con el imperialismo y con las clases reaccionarias y con la prensa reaccionaria, de obstaculizar por todos los medios la gestión del presidente Allende.

Y virtualmente no lo dejaban gobernar; virtualmente mantenían al gobierno con las manos atadas, para impedir su gestión.

Esos tres años de Gobierno de la Unidad Popular fueron realmente tres años de lucha, de dificultades, de agonía, para poder llevar adelante el programa. Y junto a eso, unas Fuerzas Armadas —repito— que se llamaban apolíticas e institucionales.

Fueron tres años de conjura tras conjura, de conspiración tras conspiración. Las clases dominantes reaccionaron como era de esperarse, ellas y sus partidos. Los gremios de propietarios, de comerciantes, e incluso gremios de profesionales, integrados por ese tipo de profesional que nosotros conocimos aquí, en su mayoría al servicio de las clases dominantes, sabotearon las tareas del gobierno: decretaban paros y huelgas con carácter indefinido, y más de una vez paralizaron el país.

Y no solo eso, sino que hacían constantes llamados a las Fuerzas Armadas para derrocar al Gobierno de la Unidad Popular.

Y en medio de esas enormes dificultades se realizaba la gestión del presidente Allende. Y en medio de esas dificultades trató de hacer e hizo muchas cosas por el pueblo chileno. Y al menos en estos tres años el pueblo chileno, en especial sus obreros y sus campesinos, comprendieron que allí, en la presidencia de la República, no estaba un representante de los oligarcas, de los terratenientes y de los burgueses, sino un representante de los humildes, de los trabajadores: ¡un verdadero representante del pueblo, que luchaba por él, a pesar de las enormes dificultades que tenía delante!

El presidente Allende comprendía las dificultades y vislumbraba los peligros; veía nacer el fascismo, veía sucederse las conspiraciones unas tras otras. Y frente a aquel conjunto de fuerzas creadas y alentadas por el imperialismo, solo le quedaba aquella disposición de ánimo, aquella decisión de defender el proceso al precio de su propia vida.

(…)

 

*Fragmento del discurso pronunciado por Fidel Castro Ruz en el acto conmemorativo del XIII aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución, de solidaridad con el heroico pueblo de Chile y de homenaje póstumo al doctor Salvador Allende, efectuado en la Plaza de la Revolución José Martí, La Habana, el 28 de septiembre de 1973.

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